Escribir; contar una historia. De eso se trata, en parte, el periodismo y la literatura. El debate sobre sus afinidades y diferencias tiene larga data. Ahora, en el ambiente digital, este debate parece radicalizarse. Mientras nuevos proyectos literarios buscan condensar Hamlet en los 140 caracteres impuestos por Twitter, ¿cuántas posibilidades creativas (y estéticas) hay para el escritor digital?
Cuando la brevedad es una imposición de las nuevas redes sociales, la decisión de la famosa editorial Penguin de embarcarse en proyectos de ‘Twitteratura’ se muestra como un síntoma de los tiempos. Estas propuestas de brevedad, sin embargo, parecen estar lejos de las aspiraciones del haiku —poesía tradicional japonesa de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas— o el microrrelato.
Mientras los japoneses trataban de describir con el haiku la vida cotidiana y la naturaleza, empañado de filosofía y estética zen, su brevedad y aparente sencillez buscaban la eternidad. Por su cuenta, la tradición del microrrelato también tenía un componente lírico, donde lo breve y conciso aspiraba a la perfección. Han pasado décadas desde que el guatemalteco Augusto Monterroso entrara en la historia literaria con su famosa mini-ficción, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Twitter aún no la ha superado en originalidad.
Para Mario Vargas Llosa, la pantalla es un gran desafío para la literatura: “Si la literatura se hace solo para las pantallas se empobrecerá, porque la pantalla hace que pierda profundidad y riesgo. La tecnología imprime a la literatura una cierta superficialidad”, dijo en una entrevista a El Tiempo. Y agregó: “El papel infunde un respeto casi religioso al escritor. En la pantalla se escribe informalmente, no infunde respeto. Uno se queda pasmado de la indigencia gramatical de los textos hechos para Internet. La pantalla incita al facilismo, a la frivolidad y el rigor desaparece”.
Sobre este tema, José Saramago piensa de manera parecida. Para el escritor portugués —quien tiene un blog y ha publicado recientemente sus artículos blogueros en un libro—, “con los blogs se está escribiendo más, pero se está escribiendo peor”. Tras admitir que él pone tanto cuidado en un texto de su blog como en una página de novela, Saramago dijo a Clarín: “La práctica del blog ha llevado a la escritura a muchas personas que antes poco o nada escribían. Lástima que muchas de ellas piensen que no merece la pena preocuparse con la calidad de estilo de lo que se escribe”.
Desde un ángulo periodístico, el colombiano Guillermo Franco, autor de Cómo escribir para la web, piensa que hay espacio para la creatividad y que el reto es inventar nuevas fórmulas para la crónica en internet. Para Franco, “el problema que enfrentan los editores web es que la mayoría de textos que les son presentados como crónicas no están bien logrados y lo único que hacen es diluir la esencia de la información en muchos párrafos (no en vano las redacciones de los periódicos están llenas de frustrados en la literatura)”.
A estas alturas, parece existir consenso en que el periodismo puede ser buena literatura. El debate de la brevedad, sin embargo, plantea nuevas interrogantes: ¿se puede evaluar la calidad de una obra por su extensión?, ¿hay espacio en el medio digital para el escritor de largo aliento?, ¿cuánto tiempo puede un escritor dedicar a reflexionar sobre el lenguaje antes de publicar en la web?, ¿dónde están los Monterroso de Twitter?
Mi impresión es que existen. O que podrían existir y que todos quisiéramos serlo. Pero que Twitter no es el New Yorker, y que resulta más efectivo publicar decenas de tweets al día que elucubrar algunas palabras en las que se nos va la vida. Para nosotros, el mundo digital corre paralelo y en un nivel más epidérmico a nuestros libros.



Periódicos
Contar una historia no tiene límites, sólo el de la imaginación. Enhorabuena por el post.
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