En un ensayo para la revista Columbia Journalism Review, el escritor Jordan Michael Smith señala que la captura de diplomáticos estadounidenses por estudiantes iraníes hace treinta años tuvo efectos “perniciosos” en la actitud del público de Estados Unidos hacia Irán.
“En particular, la cobertura excesiva de la crisis de los rehenes por parte de los medios estadounidenses motivó [a la gente] a ver a Irán y al Islam como monolíticamente hostiles: fanáticos, irracionales e incontrolables”, escribe Smith, un oficial de información para el Proyecto sobre Reforma de la Seguridad Nacional, financiado en parte por el Congreso. “Treinta años después, estas impresiones se mantienen prácticamente intactas e influencian los intentos de Estados Unidos de involucrarse con la nación persa y el Medio Oriente en general”, recalca.
Smith asegura que el noticiero nocturno de la cadena ABC America Held Hostage (o “Estados Unidos hecho rehén”), y que luego se convertiría en el programa Nightline, “capitalizó —e incluso contribuyó a generar— la histeria colectiva”. La cobertura raras veces ofrecía antecedentes históricos, entre los que se encontraba el hecho de que Washington había derrocado a un primer ministro democráticamente electo mediante un golpe de estado en 1953.
Sin excusar el comportamiento de los líderes iraníes, Smith concluye: “es una tragedia que la imagen que Estados Unidos tiene de Irán derive de un evento tan terrible pero tan tergiversado que ocurriera treinta años atrás".
En semanas recientes, en tanto, ha continuado la guerra contra los medios en Irán. Una “concentración por la unidad” organizada por el Estado terminó convertida en una protesta en contra del gobierno. Funcionarios iraníes y agencias de noticias oficiales acusaron a los medios occidentales de distorsionar los hechos y promover la violencia, añade el Los Angeles Times y tres periodistas fueron arrestados, subraya el TimesOnline de Londres. Según el National Post de Canadá, Teherán nombró a un nuevo ministro de comunicaciones: el hombre “conocido como ‘el cerebro’ detrás de la estrategia presidencial de la negación del Holocausto".



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